Una marcha como las de siempre

Submitted by jgoez1 on Fri, 03/31/2017 - 17:32

¡Esto está peor que nunca, la corrupción está acabando con este país!!! Esa es tal vez una de las frases más comunes que un colombiano puede escuchar en esta pretemporada de elecciones. Lo triste es que esto no es nuevo, esa ha sido una de las expresiones que me acostumbre a escuchar creciendo en Colombia. Llevo casi 10 años viviendo fuera de las fronteras colombianas y hay algo que todavía me sorprende: aunque el tiempo también pasa en mi país, las cosas y las personas cambian, la percepción que los colombianos tienen de su realidad parece quedarse estática. Una experiencia interesante de la aventura de vivir expatriado es que estando lejos, ausente de los rigores de la realidad colombiana, le permite a uno tener una apreciación más de juez que de parte. Aprovechándome de esa condición, observo este comienzo de campaña electoral y veo que hay una fórmula que todavía parece funcionar: los políticos de siempre, incluso aquellos que pretenden ser las nuevas caras de los partidos, prometen cambiar los vicios de corrupción; esos de los que ellos han hecho parte o han heredado consciente y complacientemente.

Llevar cerca de una década por fuera de Colombia no me ha desconectado completamente de la realidad de mi país. Mi más fuerte conexión es la comunicación que mantengo con mis padres; con ellos hablo con frecuencia y me cuentan de sus pesares. De ellos escucho expresiones como: “hijo, esto aquí está más peligroso que nunca, las cosas van de mal en peor, aquí cada vez valoran menos la vida y ya lo matan a uno por cualquier cosa”. Después de escuchar eso queda uno perplejo. En un par de ocasiones intente reflexionar con ellos sobre esa afirmación que mi padre ha repetido desde que tengo conciencia. Mi entrenamiento académico me exige la búsqueda de evidencia como sustento de ese tipo de afirmaciones. En esa búsqueda encontré la siguiente comparación: en los noventas la tasa de asesinatos al año en Medellín llego a 381 por cada 100,000 habitantes; en 2016 esa tasa llego a 20 por cada 100,000 habitantes. A pesar de encontrar en esta cifra un respaldo para rebatir la afirmación de mis padres, la respuesta que encontré en nuestro ejercicio de reflexión fue: “es que usted no vive aquí y por eso es que no entiende que es lo que está pasando en esta ciudad”. Y ellos tienen razón, para mí ya es muy difícil rendirme ante la tentadora formula de desconocer la historia para poder criticar el presente, sin contexto ni referentes, y aprovechar el caos para evitar la posibilidad de despertar la esperanza del cambio.

Esa fórmula parece ser una de las favoritas de mis compatriotas, aunque haciendo justicia no parece ser diferente en el Estados Unidos de Trump. Lo triste de esto es que es una fórmula que conlleva a encerrarse en un círculo vicioso. Permite que políticos y religiosos que han estado involucrados en asuntos cuestionables y en atropellos en el pasado, y no necesariamente un pasado lejano, se autoproclamen hoy adalides de movimientos en pro de la pulcritud y honestidad; les permite proclamarse entre ellos impolutos. Evidencia de cómo funciona esta paradójica formula es el llamado de muchos de esos políticos de siempre a marchar y luchar contra la corrupción y en defensa de la moral. Esos mismos que han tratado de manipular las instituciones colombianas para construir una autocracia. Esos que han pretendido desconocer la separación de iglesia y estado y han tratado de imponer una moral cristiana como principio de gobierno. Esos que han querido una involución de la democracia colombiana a los tiempos pre constitución del 91, en donde la religión oficial era el catolicismo; a los tiempos  que se desconocía el derecho individual de cuestionar la religión y su moral a través de la educación. Esos que sueñan con reemplazar las clases de evolución en los colegios por el cuento de la creación.

Con esta reflexión no me quiero solidarizar con la salida facilista que estamos acostumbrados a tomar: condenar a todos los políticos como delincuentes y renunciar a mi deber y derecho constitucional de elegir. Ser actualmente un expatriado me ha ayudado a ver que Colombia es un país que ha estado a las puertas del progreso por mucho tiempo sin querer cruzar. Tal vez uno de las mayores contribuciones de la constitución del 91 fue abrir el escenario político a la diversidad de tendencias. Fue una movida caótica en principio, pero en la medida que hemos ido madurando como democracia esto ha facilitado las expresiones de nuestra visión heterogénea de sociedad y nos ha obligado a buscar el consenso. Ha permitido visibilizar las minorías y garantizar sus derechos. Ha permitido reconocer que existe una concepción de la vida y la muerte que transciende las ideas católicas, y como tal nos ha permitido movernos a definir una ética que transciende la moral cristiana. En medio de este abanico, aquellos políticos de siempre han sido parte de esta dinámica y han representado a quienes se identifican con ellos, y eso está bien. Pero lo que ha quedado claro es que no son los únicos, y tal vez los cambios recientes más significativos han provenido de políticos que han representado visiones diferentes; políticos que han contribuido a construir tolerancia y esperanza. Y aquí reconozco que me estoy tomando la libertad de hablar desde la apreciación y respaldado en la pasión. Pero es esta la posibilidad que nos abre tener un debate abierto y donde los cuestionamientos son bienvenidos, nos garantiza que nuestras pasiones no se impongan. Sería un error negarles el espacio de debate a los políticos de siempre, pero es un error peor dejarnos atrapar por ellos y negarnos a ver lo mucho que hemos construido en la historia democrática reciente de Colombia.

Yo estoy convencido de que hoy Colombia está teniendo una oportunidad sin igual de enriquecer el debate y el abanico político si el proceso de paz se termina de consolidar. Ese enriquecimiento no iría solo para la izquierda, sino que despertaría más conciencia en todos nuestros políticos con respecto a su papel en el debate y la construcción de sociedad. Mi invitación es a reflexionar como ciudadanos que tienen la obligación con las futuras generaciones de cruzar esa puerta del progreso para Colombia. Deberíamos de dejar de pensar en el premio Nobel de santos. Es tiempo de reconocer que la paz y la ampliación de los espacios de debate con garantías para quienes han estado excluidos es un proceso que nos pertenece a los colombianos y del cual debemos ser garantes. Es tiempo de dejar de lado caudillos con delirios mesiánicos y entender que la construcción del futuro del país depende es de la responsabilidad que tenemos todos los colombianos como electores. Yo creo firmemente en que la democracia en Colombia está madurando y mejorando. Espero que la reflexión y el cansancio de los colombianos con los problemas de siempre transciendan el llamado de los políticos de siempre a una marcha como las de siempre y se reflejen en decisiones a conciencia en las elecciones que vienen.